La realidad se reafirma

Las inundaciones nos recuerdan nuestra incapacidad de conquistar la Naturaleza
14 de noviembre de 2000
George Monbiot

Al tiempo que las inundaciones y los tornados estaban destrozando nuestras casas, los terrestres éramos testigos del lanzamiento de un nuevo y emocionante proyecto. Tres cosmonautas fueron puestos en órbita para hacer los primeros pasos de la habitación permanente del espacio. La Humanidad ya está haciendo planes para escapar.

Por supuesto, fueron nuestros intentos por evitar los límites de nuestra existencia terrestre los que nos metieron en este lío. El temporal de estos días nos recuerda no solamente que la Tierra se está calentando, sino que también nos enseña una lección medioambiental más profunda: si creemos poder librarnos de la Naturaleza, estamos muy equivocados.

Este error es sabido por algunas personas desde hace ya mucho tiempo. "No nos halaguemos por nuestras victorias humanas sobre la Naturaleza", advirtió Frederick Engels. "Cada victoria traerá su venganza. ...nosotros, con nuestra carne, sangre y cerebro, pertenecemos a la naturaleza y vivimos en medio de ella". O, como reza un viejo proverbio indio: "cuando expulsas a la naturaleza por la puerta con una escoba, volverá a entrar por la ventana con una horca".

Sin embargo, incluso mientras la ciencia determina dónde estan los límites de la Naturaleza, la negación de dichos límites se ha convertido en una gran industria. Según nos aseguran algunos de los teóricos británicos más importantes en los campos de la economía y la política, hemos entrado en la era de la "economía sin peso", estamos "viviendo del aire". Pero ese mundo virtual tan celebrado tuvo que ceder brutalmente ante las tormentas de este semana, la reafirmación de la realidad.

Muchas veces se echa la culpa de la crisis medioambiental a nuestro materialismo. Vengo argumentando mucho tiempo que nuestro problema es que no somos lo suficientemente materialistas. La mayoría de nosotros no tiene ni idea de dónde provienen los materiales que usamos, cómo se producen y adónde van cuando hemos terminado con ellos. Nos cuesta concebir que la naturaleza es finita y comprender los sencillos límites termodinámicos y biológicos que gobiernan la capacidad de la Tierra de sostenernos. Hasta nos cuesta establecer la relación más obvia entre las actividades humanas y sus consecuencias medioambientales. El lunes, inmediatamente después de informar de las inundaciones, el telediario dio la noticia de que los camioneros amenazan con imponer un nuevo bloqueo para reivindicar una bajada del precio de los carburantes. Sin embargo, ninguno de los informativos que escuché relacionaba las dos noticias.

Nuestros intentos de engañar a la vida han pasado a ser un intento de engañar a la muerte. Nos dicen que para el final de este siglo, los seres humanos viviremos 150, incluso 200 años. Algunos ya están convencidos de que pueden escapar a la muerte misma. Pero mientras desafiamos a la mortalidad, los horrores relacionados con la vejez se están multiplicando. La incidencia de algunas formas de cáncer ha subido en un 200 por cien desde 1950. El resultado, que raramente se publica, es que las personas de 60 años tienen más probabilidades de morir de cáncer ahora que hace 50 años. La causa aparente es la cantidad cada vez mayor de sustancias químicas tóxicas a las que estamos expuestos.

En esta era de la eterna juventud, encerramos a la gente mayor, quizás porque nos recuerdan los inexorables procesos biológicos que llevarán a nuestra muerte. Debido a todos nuestros intentos de evitar las limitaciones de la Naturaleza, corremos el peligro de cambiar una vida ruin, bruta y corta por otra ruin, bruta y larga.

No obstante, a pesar de que nos esforzamos por negar que el mundo natural gobierna nuestras vidas, somos profundamente reacios a dejarlo atrás. La prensa financiera nos presenta los conceptos financieros con imágenes de toros, osos, tigres, gorilas de 400 kilos, tiburones, alevinos, ratones que rugen y lobos disfrazados de oveja. Nuestras metáforas siguen siendo agriculturales: Our metaphors remain agricultural: bajar del burro, coger el toro por los cuernos, el cuento de la lechera. El ejecutivo más caro del mundo, Michael Eisner de Disney, está al frente de una corporación cuyo principal negocio es dar características humanas a los animales, una práctica tan vieja como la Humanidad misma.

Todavía veneramos ciertas formas de trabajo físico. Sirva como ejemplo el contraste entre la admiración por los salvadores en alta mar y el odio hacia los trabajadores sociales y los funcionarios encargados de vigilar la libertad condicional, tareas todas que son realmente muy similares. La idealización de tal compromiso con el mundo físico no puede ser sino un síntoma de nuestra separación de ese mundo. Nuestra suposición de que podemos construirnos una salida de los problemas es otro síntoma. Resulta que las defensas que se construyeron para protejer las casas situadas en tierras bajas han exacerbado las inundaciones. Los programas espaciales diseñados para sacar a la gente del planeta aceleran, a través de las extravagantes cantidades de combustibles fósiles que gastan, los mismos problemas de los que algunos sueñan con escapar. Cuanto más insistimos en que el mundo no tiene un lugar en nuestras vidas, más aseguramos que nuestras vidas no tienen un lugar en el mundo.