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Morir de consumo*

Cuanto más gastamos, más felices somos. Probablemente.
Por George Monbiot.
Jueves 28 de diciembre de 2000

La economía industrial moderna funciona así: los recursos se sacan de un agujero en el suelo de un lado del planeta, se usan durante unas semanas, y entonces se tiran a otro agujero en el otro lado del planeta. Este proceso se conoce como Creación de Valor. La creación de valor mejora nuestra calidad de vida. Las mejoras en nuestra calidad de vida nos hacen más felices. Cuanto más transferimos de un agujero a otro, más felices somos.

Desgraciadamente, todavía no estamos transfiriendo bastante. Según el Worldwatch Institute, hemos gastado más bienes y servicios desde 1950 que en todo el resto de la historia humana. Y todavía parece que no somos felices. En efecto, en este mismo periodo, las personas de 25 años del Reino Unido tienen una probabilidad diez veces mayor de sufrir depresión. Uno de cada cuatro adultos británicos sufre ahora de falta crónica de sueño, y la quinta parte de los escolares padecen problemas psicológicos. En los últimos 13 años, las reclamaciones a las compañías de seguros médicos han subido en un 36 por cien. Estudios estadounidenses sugieren que todos los años entre el 40 y el 60 por cien de la población de EE.UU. sufre enfermedades mentales. La Organización Mundial de la Salud prevé que para el 2010 la depresión se habrá convertido en la segunda enfermedad más común en el mundo desarrollado. Si no nos ponemos a consumir en serio, nunca seremos felices de verdad.

En esta época del año el ritmo de consumo sube vertiginosamente [nota del traductor: este artículo apareció en las pasadas navidades]. Para hacernos más felices, movemos recursos de un agujero a otro lo más rápido posible. Las autoridades municipales de donde vivo informan de que el volumen de basura aumenta en un 12 por cien en diciembre y enero. Lo curioso, sin embargo, es que la incidencia de depresión también parece aumentar. Las llamadas a los Samaritanos aumentan en un ocho por cien entre Navidad y Año Nuevo. Pero las cifras engañan. Cuanto más deprimidos estamos, más nos gastamos en antidepresivos y alcohol. Y como todos los economistas nos cuentan, cuanto más gastamos, más felices somos.

Hace un par de Navidades, me regalaron un cafetera que ahora tiene una fuga. La podría reparar, si sólo pudiera ajustar la base. Pero uno de los tornillos está diseñado de tal forma que ninguna herramienta se acopla a él, haciendo imposible la reparación. Mi cafetera era para Navidad, no para toda la vida. Así que la tiraré a la basura y ayudaré a construir el paraíso terrenal comprándome una nueva.

Desde los vertederos e incineradoras, donde nuestros regalos rotos, nuestros árboles de Navidad no compostados y los embalajes no reciclables son depositados, la buena voluntad se expande inexorablemente. Entre otros beneficios, el proceso de tirar la basura apoya a la profesión médica: según The Lancet, los bebés nacidos en un radio de tres kilómetros alrededor de un vertedero tienen más probabilidades de tener anomalías que los bebés nacidos en cualquier otro lugar. Las incineradoras liberan dioxinas y metales pesados, que causan cáncer, defectos de nacimiento y endometriosis**. Esto crea puestos de trabajo y aumenta la circulación de dinero en la economía, contribuyendo a la felicidad humana.

A pesar de lo que sugieren las cifras de Naciones Unidas, los británicos somos más felices que la gente de países más pobres, porque nuestros deseos se satisfacen más. En efecto, los anunciantes nos ayudan a satisfacer necesidades que no sabíamos siquiera que las teníamos, revelándonos que nuestras vidas son menos satisfactorias de lo que pensábamos. Cuando tenía 18 años, las cremas faciales para hombres salieron al mercado. Hasta ese momento, los chicos no teníamos ni idea de que nuestra piel estaba envejeciendo prematuramente. Pero desde entonces, los hombres hemos conocido muchas de las mejoras que las mujeres han disfrutado tanto tiempo. Hemos descubierto que somos más feos, granosos, gordos e inadecuados de lo que jamás nos hubiéramos podido imaginar. Y ahora podemos remediar la situación moviendo recursos de un agujero a otro.

La sociedad del consumo sirve todavía mejor a los pobres que a nadie, porque al tiempo les revela lo asquerosa que es su vida y les proporciona los medios con que escapar de ella. En algunos casos, como ha señalado un informe del Citizens' Advice Bureaux este mes, los intereses sobre su felicidad suben hasta a un 1800 por cien anual, repartiendo alegría entre los miles de cobradores empleados por la industria prestamista. Como los bancos y fabricantes, tiendas y economistas nos recuerdan, nuestra búsqueda de la felicidad no conoce límites.

Por supuesto, siempre hay alguien dispuesto a aguar la fiesta, y más en estas fechas. Como se podía prever, los verdes se quejan de que el planeta se está muriendo de consumo. Dicen que se está expulsando a la gente de sus tierras para cavar agujeros, talar bosques y plantar cultivos comerciables. Dicen que se están envenenando los ecosistemas, que los recursos se están acabando y que la Tierra se está calentando porque gastamos tanta energía moviendo recursos de un agujero a otro. Pero a esos verdes yo les preguntaría: ¿no es la muerte del planeta un precio que vale la pena pagar por la felicidad que disfrutamos ahora?

 

* El título original es "Dying of consumption". "Consumption" significa tanto "consumo" como "tuberculosis".

** Endometriosis, la: proceso patológico que consiste en la presencia de tejido endometrial*** fuera de su localización normal (capa interna del útero). Puede localizarse en el aparato genital (forma genital) o en cualquier otro órgano (forma extragenital). Sus síntomas dependen del lugar donde asienta el endometrio ectópico, se acompaña de dismenorrea**** y es causa frecuente de esterilidad por afectación tubárica y/o ovárica.

*** Endometrio, el: mucosa de revestimiento del útero.

**** Dismenorrea, la: menstruación dolorosa.