HISTORIAS ZEN

 

Desterrando a un fantasma
La esposa de un hombre estaba muy enferma. En su lecho de muerte le dice, "¡Te amo demasiado!, no quiero dejarte, y no quiero que me traiciones. Promete que no verás otras mujeres cuando yo muera o volveré para rondarte.
Durante varios meses después de su muerte el marido evitó a otras mujeres, pero conoció a alguien y se enamoró. En la noche que se comprometieron, el fantasma de su difunta esposa se le apareció. Ella lo acusó de no cumplir con la promesa, y volvió todas las noches para atormentarlo. El fantasma le recordaba todo lo que habían pasado él y su prometida ese día, hasta el punto de repetir, palabra por palabra, las conversaciones que habían tenido. Esto lo trastornó tanto que no pudo dormir nada.
Desesperado buscó el consejo de un maestro zen que vivía cerca del pueblo. "Este fantasma es muy listo", dijo el maestro luego de oír la historia del hombre, "¡Lo es!", contestó el hombre. "Recuerda cada detalle de lo que dije e hice. ¡Lo sabe todo!" El maestro sonrió. "Deberías admirar a un fantasma así, pero yo te diré qué hacer la próxima vez que aparezca."
Esa noche el fantasma regresó. El hombre hizo exactamente lo que le había dicho el maestro. "Eres un fantasma muy sabio", dijo. "Sabes que no te puedo esconder nada. Si puedes responderme una pregunta, romperé el compromiso y permaneceré soltero por el resto de mi vida". "Haz la pregunta", contestó el fantasma. El hombre sacó un puñado de frijoles de una gran mochila que estaba en el piso, "Dime exactamente cuantos frijoles tengo en mi mano".
En ese momento el fantasma desapareció y no volvió nunca más.

El Maestro campana
Un nuevo estudiante se aproximó al maestro zen y le preguntó cómo podía prepararse para su aprendizaje. "Piensa que soy una campana", explicó el maestro. "Dame un golpe suave y tendrás un pequeño sonido. Golpéame duro y recibirás un repique fuerte y resonante".

Libros
Había un reconocido filósofo y docente que se dedicó al estudio del zen durante muchos años. El día que finalmente consiguió la iluminación, tomó todos sus libros, los llevó al patio y los quemó.

Buda cristiano
Uno de los monjes del maestro Gasan visitó la universidad en Tokio. Cuando regresó, le preguntó al maestro si alguna vez había leído la Biblia cristiana. "No", respondió Gasan, "por favor léeme algo de ella". El monje abrió la Biblia en el Sermón del Monte de San Mateo y empezó a leer. Después de leer las palabras de Cristo sobre los lirios en el campo, se detuvo. El maestro Gasan permaneció en silencio durante un largo tiempo. "Sí", dijo finalmente, "quien haya pronunciado estas palabras es un ser iluminado. ¡Lo que acabas de leerme es la esencia de todo lo que he estado tratando de enseñarte aquí!"

Persiguiendo dos conejos
Un estudiante de artes marciales se aproximó al maestro con una pregunta. "Quisiera mejorar mi conocimiento de las artes marciales. Además de aprender contigo quisiera aprender con otro maestro para aprender otro estilo. ¿Qué piensas de esta idea?"
"El cazador que persigue dos conejos", respondió el maestro, "no atrapa ninguno".

Una situación tensa
Un día mientras caminaba a través de la selva un hombre se topó con un feroz tigre. Corrió pero pronto llegó al borde de un acantilado. Desesperado por salvarse, bajó por una parra y quedó colgando sobre el fatal precipicio. Mientras él estaba ahí colgado, dos ratones aparecieron por un agujero en el acantilado y empezaron a roer la parra. De pronto, vio un racimo de frutillas en la parra. Las arrancó y se las llevó a la boca. ¡Estaban increíblemente deliciosas!

Concentración
Después de ganar varios concursos de arquería, el joven y jactancioso campeón retó a un maestro zen que era reconocido por su destreza como arquero. El joven demostró una notable técnica cuando dio en medio de un blanco lejano en el primer intento, y luego partió esa flecha con el segundo tiro. "Ahí está", le dijo al viejo, "¡a ver si puedes igualar eso!". Inmutable, el maestro no desenfundó su arco, pero invitó al joven arquero a que lo siguiera hacia la montaña. Curioso sobre las intenciones del viejo, el campeón lo siguió hacia lo alto de la montaña hasta que llegaron a un profundo abismo atravesado por un frágil y tembloroso tronco. Parado con calma en el medio del inestable y ciertamente peligroso puente, el viejo eligió como blanco un lejano árbol, desenfundó su arco, y disparó un tiro limpio y directo. "Ahora es tu turno", dijo, mientras se paraba graciosamente en tierra firme. Contemplando con terror el abismo aparentemente sin fondo, el joven no pudo obligarse a subir al tronco, y menos a hacer el tiro. "Tienes mucha habilidad con el arco", dijo el maestro, "pero tienes poca habilidad con la mente que suelta el tiro".

Destino
Durante una batalla, un general japonés decidió atacar aun cuando su ejército era muy inferior en número. Estaba confiado que ganaría, pero sus hombres estaban llenos de duda. Camino a la batalla, se detuvieron en una capilla. Luego de rezar con sus hombres, el general sacó una moneda y dijo, "Ahora tiraré esta moneda. Si es cara, ganaremos. Se es seca, perderemos. El destino se revelará".
Tiró la moneda en el aire y todos miraron atentos como aterrizaba. Era cara. Los soldados estaban tan contentos y confiados que atacaron vigorosamente al enemigo y consiguieron la victoria. Después de la batalla, un teniente le dijo el general, "Nadie puede cambiar el destino".
"Es verdad", contestó el general mientras mostraba la moneda al teniente, que tenía cara en ambos lados.

Soñando
El gran maestro Taoista Chuang Tzu soñó una vez que era una mariposa revoloteando aquí y allá. En el sueño no tenía conciencia de su individualidad como persona. Era sólo una mariposa. De pronto, se despertó y se encontró ahí acostado, una persona otra vez. Pero entonces pensó para sí mismo, "¿Era antes un hombre que soñaba con ser una mariposa, o soy ahora una mariposa que sueña con ser un hombre?"

Egoísmo
El Primer Ministro de la Dinastía Tang fue un héroe nacional por su éxito como estadista y como líder militar. Pero a pesar de su fama, poder, y salud, se consideraba un humilde y devoto budista. A veces visitaba a su maestro zen favorito para estudiar con él, y parecía que se llevaban bien. El hecho de ser primer ministro parecía no afectar su relación, que parecía ser la de un venerado profesor y un respetuoso alumno. Un día, durante su visita usual, el Primer Ministro le preguntó al maestro, "¿Su Reverencia, qué es el egoísmo de acuerdo al budismo?" La cara del maestro se volvió roja, y con una voz condescendiente e insultante, le respondió, "¿Qué clase de pregunta estúpida es ésa?" Esta respuesta inesperada impactó tanto al Primer Ministro que se quedó callado y furioso. El maestro zen sonrió y dijo, "ESTO, Su Excelencia, es egoísmo".

Obra maestra
Un maestro calígrafo estaba escribiendo algunos caracteres en un trozo de papel. Uno de sus estudiantes especialmente perceptivo estaba mirándolo. Cuando el calígrafo terminó, le pidió la opinión al estudiante - que inmediatamente le dijo que no estaba nada bien. El maestro intentó otra vez, pero el estudiante criticó su trabajo de nuevo. Una y otra vez el calígrafo redibujó cuidadosamente los mismos caracteres y cada vez el estudiante lo rechazaba. Finalmente, cuando el estudiante se distrajo en otra cosa y no estaba mirando, el maestro aprovechó la oportunidad para borronear los caracteres. "¡Ahí está! ¿Cómo está ahora?", le preguntó al alumno. El alumno se dio la vuelta para mirar. "¡ESO... es una obra maestra!" exclamó.

La Luna no se puede robar
Un maestro zen vivía la forma más simple de vida en una pequeña cabaña al pie de una montaña. Una noche, mientras estaba fuera, un ladrón entró a hurtadillas en la cabaña, sólo para encontrar que no había nada para robar. El maestro zen volvió y lo encontró. "Has hecho un largo camino para visitarme", le dijo al extraño, "y no deberías regresar con las manos vacías. Por favor, toma mis ropas de regalo." El ladrón estaba asombrado, pero tomó las ropas y escapó. El maestro se sentó desnudo, observando la luna. "Pobre hombre", murmuró. "Hubiera querido darle esta hermosa luna."

Más no es suficiente
Había una vez un cortador de piedra que no estaba satisfecho consigo mismo y con su posición en la vida.
Un día pasó por la casa de un rico mercader. A través del portón abierto, vio muchas riquezas y visitas importantes. "¡Qué poderoso debe ser ese mercader!" pensó el cortador de piedras. Se puso muy envidioso y deseó poder ser como el mercader.
Para su sorpresa, repentinamente se transformó en mercader, disfrutando más lujos y poder que los que jamás pudo imaginar, pero era envidiado y detestado por aquellos con menor riqueza que él. Pronto un alto oficial pasó por allí, llevado en andas en un trono, acompañado por lacayos y escoltado por soldados sonando gongs. Todos, sin importar su riqueza, tenían que inclinarse ante la procesión. "¡Qué poderoso es ese oficial!" pensó. "¡Quisiera ser un alto oficial!"
Entonces se transformó en un alto oficial llevado a todos lados en andas en su adornado trono, temido y odiado por toda la gente de los alrededores. Era un caluroso día de verano, por lo tanto el oficial se sentía muy incómodo en el trono. Miró al sol en lo alto. El sol brillaba orgulloso en el cielo, inmutable ante su presencia. "¡Qué poderoso es el sol!" pensó. "¡Desearía ser el sol!"
Entonces se transformó en el sol, brillando con fuerza sobre todo el mundo, abrasando los campos, insultado por granjeros y trabajadores. Pero una enorme nube negra se movió entre él y la tierra, como para que su luz no pudiera brillar sobre todos ahí abajo. "¡Qué poderosa es esa nube de tormenta!" pensó. "¡Desearía ser una nube!"
Entonces se convirtió en una nube, inundando los campos y poblados, escuchando los gritos que todos le proferían. Pero pronto encontró que era alejada por alguna fuerza poderosa y se dio cuenta de que era el viento. "¡Qué poderoso que es!" pensó. "¡Desearía ser el viento!"
Entonces se convirtió en el viento, volando tejas de los techos de las casas, sacando árboles de raíz, temido y odiado por todos. Pero después de un rato arrasó contra algo que no se movía, sin importar la fuerza que hiciera al soplar. Una enorme roca. "¡Qué poderosa es esa roca!" pensó. ¡Quisiera ser una roca!"
Entonces se convirtió en una piedra, más poderosa que cualquier otra cosa en el mundo. Pero cuando estaba allí, escuchó el sonido de un martillo golpeando un cincel sobre la dura superficie y sintió que lo estaban cambiando. "¿Qué puede ser mas poderoso que la roca?" pensó.
Miró y vio delante de sí la figura del cortador de piedra.

La enseñanza más importante
Un renombrado maestro zen dijo que su mayor enseñanza era ésta: Buddha es tu propia mente. Impresionado por la profundidad de esta idea, un monje decidió dejar el monasterio y retirarse al campo a meditar sobre este pensamiento. Allí pasó 20 años como un ermitaño, poniendo a prueba la gran enseñanza.
Un día se encontró con otro monje que estaba viajando por el bosque. Rápidamente, el monje ermitaño se dio cuenta que el viajero también había estudiado con el mismo maestro zen. "Por favor, dime lo que sabes sobre la gran enseñanza del maestro". Los ojos del viajero se encendieron, "Ah, el maestro ha sido muy claro sobre esto. Dijo que su mayor enseñanza es ésta: Buddha NO es tu propia mente."

Mente en movimiento
Dos hombres estaban argumentando sobre una bandera flameando en el viento. "Es el viento lo que realmente se mueve", afirmó el primero. "No, es la bandera lo que se mueve", aseguró el segundo. Un maestro zen, que caminaba por allí, escuchó el debate y los interrumpió. "Ni la bandera ni el viento se mueven", dijo, "es la MENTE la que se mueve".

Belleza de la naturaleza
Un sacerdote estaba a cargo del jardín dentro de un famoso templo zen. Se le había dado el trabajo porque amaba las flores, arbustos, y árboles. Junto al templo había otro templo más pequeño donde vivía un viejo maestro zen. Un día, cuando el sacerdote esperaba a unos invitados importantes, tuvo especial cuidado en atender el jardín. Sacó las malezas, recortó los arbustos, rastrilló el musgo, y pasó un largo tiempo juntando meticulosamente y acomodando con cuidados todas las hojas secas. Mientras trabajaba, el viejo maestro lo miraba con interés desde el otro lado del muro que separaba los templos.
Cuando terminó, el sacerdote se alejó para admirar su trabajo. "¿No es hermoso?", le dijo al viejo maestro. "Sí," replicó el viejo, "pero le falta algo. Ayúdame a pasar sobre este muro y lo arreglaré por ti".
Luego de dudarlo, el sacerdote levantó al viejo y lo ayudó a bajar. Lentamente, el maestro caminó hacia el árbol cerca del centro del jardín, lo agarró por el tronco y lo sacudió. Llovieron hojas sobre todo el jardín. "Ahí está", dijo el viejo, "ahora puedes llevarme de vuelta".

La naturaleza de las cosas
Dos monjes estaban lavando sus tazones en el río cuando vieron a un escorpión que se ahogaba. Un monje lo sacó inmediatamente y lo puso sobre la orilla. Durante el proceso fue picado. Volvió a lavar su tazón y el escorpión volvió a caer. El monje salvó al escorpión y fue picado nuevamente. El otro monje le preguntó, "Amigo, ¿por qué continúas salvando al escorpión cuando sabes que su naturaleza es picar?"
El monje respondió, "Porque salvarlo es mi naturaleza".

No más preguntas
Al encontrarse a un maestro zen en un evento social, un psiquiatra decide hacerle una pregunta que tenía en mente. "¿Exactamente cómo ayudas a la gente?" inquirió.
"La llevo adonde no puede hacer más preguntas", contestó el maestro.

No lo sé
El emperador, que era un Budista devoto, invitó al gran maestro zen al palacio para hacerle preguntas sobre el budismo.
"¿Cuál es la suprema verdad de la santa doctrina budista?" preguntó el emperador.
"Mucha nada... y ni un rastro de santidad", contestó el maestro.
"Si no hay santidad", dijo el emperador, "entonces ¿quién o qué eres tú?"
"No lo sé", respondió el maestro.

Aún vivo
El emperador le preguntó al maestro Gudo, "¿Qué le sucede a un hombre iluminado luego de la muerte?"
"¿Cómo he de saberlo?" respondió Gudo.
"Porque eres un maestro", respondió el emperador.
"Sí, señor", dijo Gudo, "pero no uno muerto."

Obsesionado
Dos monjes viajeros llegaron a un río donde encontraron a una joven mujer. Preocupada por la corriente, preguntó si la podían llevar al otro lado. Uno de los monjes dudó, pero el otro la levantó rápidamente sobre sus hombros, la llevó al otro lado del río, y la dejó en la orilla. Ella le dio las gracias y se alejó.
Cuando los monjes continuaron su camino, el primero estaba meditabundo y cabizbajo. Incapaz de mantenerse en silencio, habló. "¡Hermano, nuestro guía espiritual nos enseña a evitar cualquier contacto con mujeres, pero tú levantaste a aquélla y la llevaste!"
"Hermano," replicó el segundo monje, "yo la dejé en el otro lado del río, mientras que tú todavía la estás cargando."

Paraíso
Dos personas están perdidas en el desierto. Están muriendo de hambre y sed. Finalmente, llegan a una muro muy alto. Pueden oír al otro lado el sonido del agua y los pájaros cantando. También pueden ver las ramas de un suntuoso árbol que se extiende por encima del muro. Su fruta parece deliciosa.
Uno de ellos consigue escalar el muro y desaparece por el otro lado. El otro, en cambio, regresa al desierto para ayudar a otros viajeros perdidos a encontrar el camino al oasis.

La práctica hace a la perfección
Un cantante de baladas dramáticas estudiaba con un estricto maestro que insistía en que ensayara día tras día, mes tras mes, el mismo pasaje de la misma canción, sin permitirle ir más adelante. Finalmente, lleno de frustración y desesperanza, el joven huyó para buscar otra profesión. Una noche, en una taberna, se encontró con un concurso de recitación. Sin nada que perder, entró a la competencia y, por supuesto, cantó ese pasaje que conocía tan bien. Cuando terminó, el organizador del concurso elogió su actuación. A pesar de las objeciones del avergonzado estudiante, el organizador se negó a creer que lo que acababa de oír era la actuación de un principiante. "Dime", dijo el organizador, "¿quién es tu instructor? Debe ser un gran maestro". El estudiante se hizo conocido más tarde como el gran intérprete Koshiji.

Araña
Una historia tibetana cuenta sobre un estudiante de meditación que, mientras meditaba en su cuarto, creía ver una araña descender frente a él. La amenazadora criatura regresaba cada día, cada vez más grande. El estudiante estaba tan asustado que fue a su maestro a contarle su dilema. Le dijo que tenía pensado colocar un cuchillo en su regazo durante la meditación, de modo que cuando la araña apareciera, la mataría. El maestro le aconsejó que no lo hiciera. En cambio, le sugirió que se llevara un trozo de tiza a la meditación y que cuando la araña apareciera, le marcara una "X" en la panza. Y que luego viniera a contar lo sucedido.
El estudiante volvió a su meditación. Cuando la araña apareció nuevamente, resistió el impulso de atacarla y, en cambio, hizo exactamente lo que el maestro le había sugerido. Cuando más tarde se lo contó a su maestro, éste le dijo que se levantara la camisa y mirara su propio vientre. Allí estaba la "X".

Plena conciencia
Luego de diez años de aprendizaje, Tenno obtuvo el rango de maestro zen. Un día lluvioso, fue a visitar al famoso maestro Nan-in. Cuando entró, el maestro lo saludó con una pregunta, "¿Dejaste tus zuecos de madera y tu paraguas en la entrada?"
"Sí," contestó Tenno.
"Dime," continuó el maestro, "¿colocaste tu paraguas a la izquierda de tus zapatos, o a la derecha?"
Tenno no supo la respuesta y se dio cuenta de que no había logrado el estado de plena conciencia. Así que se convirtió en el aprendiz de Nan-in y estudió con él por diez años más.

El regalo de insultos
Vivió una vez un gran guerrero. Aunque muy viejo, aún era capaz de vencer a cualquier contrincante. Su reputación se extendió ampliamente y muchos estudiantes se juntaron para aprender con él.
Un día, un infame joven guerrero llegó al pueblo. Estaba decidido a ser el primer hombre en vencer al gran maestro. Además de su fuerza, tenía una habilidad asombrosa para encontrar y explotar cualquier debilidad en un oponente. Esperaba a que su oponente hiciera el primer movimiento y así revelara una debilidad, y entonces atacaba con fuerza despiadada y velocidad de rayo. Nadie había pasado con él más allá del primer movimiento.
En contra de los consejos de sus preocupados estudiantes, el viejo maestro aceptó gustoso el reto del joven guerrero. Cuando ambos estaban listos para la batalla, el joven guerrero empezó a dirigirle insultos al viejo maestro. Le tiró tierra y escupitajos a la cara. Durante horas le agredió verbalmente con todas las maldiciones e insultos conocidas por la humanidad. Pero el viejo guerrero simplemente su mantuvo en pie inmóvil y tranquilo. Finalmente, el joven guerrero se agotó. Reconociendo que estaba vencido, se alejó, sintiéndose avergonzado.
De alguna manera desilusionados de que el maestro no hubiera peleado con el insolente joven, sus alumnos lo rodearon y le preguntaron, "¿Cómo pudo soportar semejante vileza? ¿Cómo hizo para ahuyentarlo?
"Si alguien te viene con un regalo y no aceptas ese regalo, "replicó el maestro, "¿a quién pertenece?"

Yendo con la corriente
Una historia taoista cuenta sobre un hombre viejo que accidentalmente cayó en los rápidos del río que se dirigían a una cascada alta y peligrosa. Los testigos temían por su vida. Milagrosamente, salió vivo e ileso río abajo, en el fondo de la cascada. La gente le preguntó cómo se las había arreglado para sobrevivir: "Me acomodé al agua, no el agua a mí. Sin pensar, permití que el agua me moldeara. Caí en el remolino y salí con el remolino. Así es como sobreviví."

El dedo de Gutei
Cuando alguien le preguntaba sobre el zen, el gran maestro Gutei solía levantar silenciosamente su dedo en el aire. Un joven discípulo empezó a imitar ese comportamiento. Cada vez que oía a la gente hablar sobre las enseñanzas de Gutei, levantaba su dedo silenciosamente. Gutei oyó hablar de las travesuras del discípulo.
Un día, llamó al chico y le dijo, "¿Qué es el Dharma-Buda?"
El chico, contento de poder demostrar el haber alcanzado las enseñanzas de Gutei, levantó orgullosamente el dedo.
El maestro le agarró del dedo y se lo cortó. El niño lloró y empezó a correr, asustado, dolorido y decepcionado. Pero Gutei lo llamó. Cuando el niño se dio la vuelta para ver, Gutei le volvió a preguntar, "¿Qué es el Dharma-Buda?"
El discípulo levantó el dedo, pero ya no tenía dedo...
Silenciosamente, Gutei levantó su propio dedo en el aire.
En ese momento el chico se iluminó.

Hombre Santo
Se extendieron por la campiña palabras sobre un sabio hombre santo que vivía en una pequeña casa en la cima de la montaña. Un hombre del pueblo decidió realizar el largo y difícil viaje para visitarlo. Cuando llegó a la casa, vio a un viejo sirviente dentro que lo saludó en la puerta. "Me gustaría ver al sabio hombre santo," le dijo al sirviente. El sirviente sonrió y lo dejó entrar. Mientras caminaban por la casa el hombre del pueblo miraba ansiosamente alrededor de la casa, anticipando su encuentro con el hombre santo. Antes de darse cuenta, el sirviente le había llevado a la puerta trasera y escoltado hacia fuera. Se detuvo y le dijo al sirviente, "¡Pero yo quiero ver al hombre santo!"
"Ya lo has hecho," dijo el viejo. "Todas las personas que puedas conocer en la vida, aunque parezcan simples e insignificantes... ve a cada uno de ellos como un sabio hombre santo. Si haces esto, cualquier problema que hayas traído aquí hoy estará solucionado."

Iluminado
Un día el Maestro anunció que un joven monje había alcanzado un estado de iluminación avanzado. La noticia causó revuelo. Algunos de los monjes fueron a ver al joven monje. "Hemos oído que te has iluminado. ¿Es verdad?" preguntaron.
"Lo es," contestó.
"¿Y cómo te sientes?"
"Tan mal como siempre," dijo el monje.

¿Es así?
Una hermosa joven del pueblo estaba embarazada. Sus padres, furiosos, exigieron saber quién era el padre. Al principio no quiso confesar, la inquieta y avergonzada muchacha finalmente acusó a Hakuin, el maestro zen que todos habían reverenciado por llevar una vida pura. Cuando los indignados padres se enfrentaron a Hakuin con la acusación de su hija, el contestó simplemente "¿Es así?"
Cuando el hijo nació, los padres se lo trajeron a Hakuin, que ahora era visto como un paria por todo el pueblo. Le pidieron que se hiciera cargo del niño, ya que era su responsabilidad. "¿Es así?" dijo Hakuin con calma, mientras aceptaba al niño.
Por muchos meses cuidó muy bien al niño hasta que la hija no pudo sostener más la mentira que había dicho. Confesó que el verdadero padre era un hombre joven del pueblo que ella había tratado de proteger. Los padre fueron inmediatamente a Hakuin para ver si devolvería al bebé. Con grandes disculpas explicaron lo que había pasado. "¿Es así?" dijo Hakuin, y les entregó al niño.

Pasará
Un estudiante fue con su maestro de meditación y dijo, "¡Mi meditación es horrible! Me siento tan distraído, o me duelen las piernas, o me estoy quedando dormido constantemente. ¡Es horrible!"
"Pasará", dijo el maestro con toda naturalidad.
Una semana después, el alumno volvió con su maestro. "¡Mi meditación es maravillosa!¡ Me siento tan consciente, tan tranquilo, tan vivo! ¡Es maravilloso!"
"Pasará", dijo el maestro con toda naturalidad.

Conocer a los peces
Un día Chuang Tzu y un amigo caminaban por un río. "Mira a lo peces nadando allí," dijo Chuang Tzu, "realmente están disfrutando."
"Tú no eres un pez," contestó el amigo. "Así que no puedes saber realmente que están disfrutando."
"Tú no eres yo," dijo Chuang Tzu. "Así que ¿cómo sabes que yo no sé que los peces están disfrutando?"

Aprendiendo de la manera difícil
El hijo del maestro ladrón le pidió a su padre que le enseñara los secretos de la profesión. El viejo ladrón aceptó y esa noche lo llevó a robar en una gran casa. Mientras la familia estaba dormida, silenciosamente llevó al joven aprendiz a un cuarto que contenía un ropero. El padre le dijo a su hijo que entrara al ropero y tomara algunas prendas. Cuando lo hizo, su padre rápidamente cerró la puerta y lo encerró. Luego salió de la casa, golpeó con fuerza la puerta principal, despertando a la familia, y rápidamente se escapó para que nadie lo viera. Horas más tarde, su hijo regresó a casa, despeinado y muy cansado. "Padre", gritó enojado, "¿por qué me encerraste en el ropero? Si no hubiera estado desesperado por mi miedo a ser atrapado, nunca hubiera escapado. ¡Tuve que emplear toda mi ingenuidad para poder salir!" El viejo ladrón sonrió. "Hijo, has recibido tu primera lección en el arte del robo."




El camino barroso

Tanzan y Ekido estaban viajando por un camino barroso. Llovía mucho. Al doblar una esquina, se encontraron con una chica hermosa que llevaba un kimono y una faja y que no podía cruzar al otro lado del cruce. "Venga, chica", dijo Tanzan en seguida. La levantó y la llevó en brazos al otro lado.
Ekido no habló más hasta que llegaron a un templo de hospedaje aquella noche. Entonces no pudo contenerse más. "Nosotros monjes no nos acercamos a las chicas", le dijo a Tanzan, "especialmente si son jóvenes y hermosas. Es peligroso. ¿Por qué hiciste eso?" Tanzan dijo, "Yo dejé a la chica allí. ¿Tú todavía la estás llevando?"


Una taza de té

Nan-in, un maestro japonés durante la era de Meiji (1868-1912), recibió a un profesor de universidad que vino a preguntar sobre el Zen.
Nan-in sirvió té. Virtió té en la taza del visitante hasta llenarla y luego siguió virtiendo.
El profesor miró cómo la taza rebosaba hasta que ya no pudo contenerse. "Está lleno de rebosar. ¡Ya no entra nada!"
Nan-in dijo: "Como esta taza, estás lleno de tus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo te puedo enseñar el Zen si no vacías primero tu taza?"



Una noche, como todas las noches, el maestro espiritual y sus discípulos se sentaron a meditar. Había un gato que vivía en el monasterio y aquella noche armó tanto jaleo que impedía que el maestro y sus discípulos se concentraran. Así que el maestro ordenó que se atara al gato y así se hizo aquella noche, y también las noches posteriores. Años más tarde, cuando el maestro murió, los discípulos siguieron atando al gato durante las meditaciones. Cuando el gato murió, trajeron a otro gato al monasterio y lo ataron también. Siglos más tarde, los descendientes del maestro espiritual escribieron tratados eruditos sobre el significado religioso de atar un gato durante la meditación.